Hay lugares a los que uno vuelve y descubre que, en realidad, nunca se había ido.
Hoy he vuelto a TirandoDardos.
Después de años mirando este blog desde cierta distancia, de dejarlo dormir entre entradas, ideas, poemas, pensamientos, marketing, música, miedos y alguna que otra batalla, hoy he sentido que tenía que volver a escribir aquí.
Quizá porque esta mañana, después de escuchar a Nadia Nemer en la Cámara de Comercio de Granada, me he quedado pensando en algo que, aunque parece sencillo, nos cuesta una barbaridad asumir:
Nadie nace hecho.
Nos hacemos.
A golpes, a veces.
A base de equivocarnos.
De intentarlo.
De volver a intentarlo.
De escuchar un “no” y continuar.
De conseguir un “sí” y no creérnoslo demasiado.
De mirar atrás y pensar: “¿Cómo narices llegué hasta aquí?”.
Y también de mirar hacia delante y preguntarnos: “¿Y ahora qué?”.
Porque creo que uno de los mayores obstáculos que tenemos no está fuera.
Está dentro.
Somos nosotros mismos.
Nuestra cabeza.
Nuestros límites.
Ese miedo absurdo a no estar preparados.
A no saber suficiente.
A que alguien descubra que, en realidad, no somos tan buenos como parece.
A que nos miren y piensen que nos hemos equivocado de sitio.
A sentir que estamos ocupando una silla que no nos corresponde.
El famoso síndrome del impostor.
Ese compañero de viaje que aparece justo cuando empiezas a crecer.
Y que, si le haces demasiado caso, consigue algo extraordinario: que dudes de todo lo que has conseguido.
Pero hay una cosa que he aprendido con los años.
La persona que era hace diez, quince o veinte años no tiene absolutamente nada que ver con la persona que soy ahora.
Y no debería tenerla.
Porque sería bastante triste que después de todas las cosas que hemos vivido, de todas las personas que hemos conocido, de todas las decisiones que hemos tomado, de todos los errores que hemos cometido y de todas las veces que nos hemos levantado, siguiéramos siendo exactamente los mismos.
No somos los mismos.
Y menos mal.
La Sara que escribía aquí hace años hablaba mucho del miedo.
Del fracaso.
De las ganas de comerse el mundo.
De no saber muy bien hacia dónde iba.
Y ahora leo algunas de aquellas palabras y pienso:
qué razón tenía aquella chica.
No porque supiera exactamente lo que estaba haciendo.
Sino porque ya había entendido algo fundamental:
que había que moverse.
Que no se podía esperar a tenerlo todo claro.
Que la vida no avisa.
Que los momentos pasan.
Que las oportunidades no siempre llaman dos veces.
Y que, si quieres algo, tienes que salir a buscarlo.
Esto último parece una frase de taza de desayuno, pero es una verdad bastante incómoda.
Nada pasa en el sofá de tu casa.
O casi nada.
Puedes pensar.
Puedes planificar.
Puedes hacer listas.
Puedes leer cien libros.
Puedes hacer cursos.
Puedes esperar a sentirte preparado.
Puedes esperar al lunes.
Al próximo mes.
Al año que viene.
A tener más dinero.
Más experiencia.
Más contactos.
Más seguridad.
Puedes esperar a que desaparezca el miedo.
Pero probablemente el miedo no desaparezca nunca.
Lo que cambia es que aprendes a caminar con él.
Y eso, para mí, es hacerse.
No naces siendo valiente.
Te haces valiente cada vez que haces algo a pesar de tener miedo.
No naces siendo emprendedor.
Te haces emprendedor cuando decides intentarlo.
No naces siendo líder.
Te haces líder cuando empiezas a asumir responsabilidades, cuando te equivocas y aprendes, cuando otras personas confían en ti.
No naces sabiendo quién eres.
Te vas descubriendo.
Y en ese descubrimiento hay batallas.
Muchas.
Algunas las ganas.
Otras las pierdes.
Y algunas ni siquiera sabes que estabas librándolas hasta que un día miras atrás y entiendes por qué eras aquella persona.
Pero de todas se aprende.
Incluso de las que duelen.
Incluso de las que te rompen un poco.
Incluso de esas decisiones que hoy no tomarías.
Porque quizá no se trataba de acertar siempre.
Quizá se trataba de avanzar.
De convertir cada experiencia en una pequeña pieza de lo que vendría después.
Y entonces ocurre algo maravilloso.
Un día te das cuenta de que estás haciendo cosas que años atrás ni siquiera te habrías atrevido a imaginar.
Y no porque seas otra persona.
Sino porque te has permitido convertirte en ella.
Ahí está, creo, una de las claves.
Permitirse.
Permitirse querer más.
Permitirse equivocarse.
Permitirse empezar de cero.
Permitirse cambiar de opinión.
Permitirse decir “esto ya no lo quiero”.
Permitirse decir “esto sí”.
Permitirse ocupar espacio.
Permitirse soñar.
Permitirse visualizar dónde quieres llegar.
Porque es difícil llegar a un lugar que ni siquiera te permites imaginar.
Y aquí es donde vuelvo a mí.
A esta Sara.
A la que algunos conocisteis hace años a través de estas páginas.
¿Qué ha sido de ella?
Pues ha vivido.
Ha aprendido.
Ha perdido.
Ha ganado.
Ha cambiado.
Ha vuelto a empezar.
Se ha equivocado.
Ha acertado.
Ha conocido personas maravillosas.
Ha cerrado puertas.
Ha abierto otras.
Ha tenido miedo.
Y, sobre todo, ha seguido teniendo ganas.
Ganas de hacer cosas.
Ganas de aprender.
Ganas de crear.
Ganas de equivocarse haciendo.
Ganas de hacer las cosas bien.
Y también ganas de hacerlas con amor.
Porque creo que ahí está otra parte importante de esta historia.
No basta con hacer.
Hay que sentir.
Hay que ponerle garra.
Hay que ponerle corazón.
Hay que defender aquello en lo que crees incluso cuando todavía no tienes todas las respuestas.
Hay que salir ahí fuera.
Ensuciarse.
Caerse.
Levantarse.
Volver a caerse.
Reírse un poco de una misma.
Sacudirse el polvo.
Y seguir.
Porque las cosas no nacen terminadas.
Las cosas nacen cuando alguien decide hacerlas.
Y después se construyen.
Con tiempo.
Con trabajo.
Con errores.
Con paciencia.
Con ilusión.
Con gente que aparece en el camino.
Y con mucha garra.
Por eso hoy no vuelvo a TirandoDardos para contaros quién era.
Vuelvo para contaros hacia dónde va la Sara que leísteis hace un tiempo.
Y todavía no tengo todas las respuestas.
Pero quizá ya no necesito tenerlas.
Tengo preguntas.
Tengo ganas.
Tengo proyectos.
Tengo cicatrices.
Tengo experiencia.
Tengo ilusión.
Y tengo algo que hace unos años no sabía valorar tanto:
la certeza de que puedo volver a empezar las veces que haga falta.
Así que sí.
He vuelto.
Y quizá este blog vuelva a ser ese lugar donde tirar dardos.
Contra el miedo.
Contra las excusas.
Contra ese impostor que nos susurra que no somos suficientes.
Contra la idea de que tenemos que esperar a estar preparados para empezar.
Porque no.
Primero empiezas.
Después aprendes.
Después mejoras.
Después vuelves a empezar.
Y un día miras atrás y te das cuenta de que aquella persona que soñaba con llegar hasta allí ya no existe.
Porque ahora eres tú quien está allí.
Y entonces entiendes que la vida, al final, no es para los que esperan a que todo encaje.
La vida es para los que deciden vivirla.
Así que aquí estoy.
Otra vez.
TirandoDardos.
Y esta vez, con muchas más ganas de acertar.
O de fallar.
Pero, sobre todo, de seguir jugando.

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